lunes, 16 de junio de 2008

Luchando con Dios

Cuando la oración se siente a veces como un abrazo y como un ahorcamiento a la vez

La iglesia a la que asisto reserva un tiempo breve en el que las persona de las bancas pueden expresar oraciones en voz alta. Con el correr de los años he oído cientos de esas oraciones, y con muy pocas excepciones la palabra cortés en verdad se aplica a ellas. Una, sin embargo, se destaca en mi mente debido a su descarnada emoción.


En voz clara pero temblorosa una joven empezó con las palabras: "¡Dios, te odié después que me violaron! ¿Cómo pudiste permitir que esto me sucediera?" La congregación enmudeció abruptamente. Ya no más ruido de papeles ni de revolverse en los asientos. "Y odié a las personas de esta iglesia que trataban de consolarme. Yo no quería consuelo. Quería la venganza. Yo quería desquitarme. Gracias Dios, porque no te diste por vencido conmigo, no tampoco algunas de estas personas. Tú seguiste buscándome, y ahora vuelvo a ti y te pido que sanes las heridas de mi alma".

De todas las oraciones que he oído en la iglesia, esa es la que más se aproxima al estilo de las oraciones ruidosas con las que hallo repleta la Biblia, en especial de los favoritos de Dios como Abraham y Moisés.

Abraham
Abraham, un hombre justamente celebrado por su fe, oyó a Dios en visiones, en conversaciones de persona a persona, e incluso en una visita personal a su carpa. Dios colocó ante él promesas resplandecientes, una de las cuales lo sacó de quicio: la seguridad de que sería padre de una gran nación. Abraham tenía setenta y cinco años cuando oyó por primera vez esa promesa, y en los siguientes pocos años Dios elevó las posibilidades dándole indicios de que tendría una descendencia tan abundante como el polvo de la tierra y las estrellas del cielo.

Mientras tanto la naturaleza siguió su curso, y en una edad en la que debería estar acariciando las cabezas de sus bisnietos, Abraham seguía sin hijos. Él sabía que le quedaban pocos años de fertilidad, si acaso. En una de las visitas de Dios, Abraham hizo una amenaza velada de conseguir un heredero mediante una unión con una de sus criadas. A los ochenta y seis años, siguiendo la sugerencia de su esposa estéril Sara, hizo precisamente eso.

La próxima vez que Dios lo visitó, ese descendiente, un hijo llamado Ismael, era un adolescente proscrito deambulando por el desierto, víctima de los celos de Sara. Abraham se rió con fuera por la promesa reiterada de Dios, y para ese entonces el sarcasmo ya se había infiltrado en su respuesta. "¿Acaso puede un hombre tener un hijo a los cien años, y ser madre Sara a los noventa?" Sara participó de la broma amarga, rezongando: "¿Acaso voy a tener este placer, ahora que ya estoy consumida y mi esposo es tan viejo?"

Dios respondió con un mensaje que para los oídos de Abraham debe haber sonado como buenas y malas noticias. En verdad tendría su hijo, pero solo después de realizar cierta cirugía menor en la parte de su cuerpo necesaria para la acción. Abraham así llegó a ser padre de la circuncisión tanto como de Isaac.

Ese patrón de finta y confianza, de Abraham enfrentándose a Dios solo para ser derribado de nuevo, forma el trasfondo de un impresionante oración, en realidad de un diálogo extendido entre Dios y Abraham. "¿Le ocultaré a Abraham lo que estoy por hacer?", empieza Dios, como si reconociera que una alianza válida requiere de la consulta antes de cualquier decisión principal. Luego, Dios le revela un plan para destruir a las ciudades de Sodoma y Gomorra, notorias por la perversidad y la contaminación moral de la familia extendida de Abraham.

Para entonces Abraham ha asumido su propio papel en la alianza y no hace ningún intento por esconder su desagrado. "¡Lejos de ti el hacer tal cosa! ¿Matar al justo junto con el malvado, y que ambos sean tratados de la misma manera? ¡Jamás hagas tal cosa! tú, que eres el Juez de toda la tierra, ¿no harás justicia?"

Luego sigue una sesión de regateo muy parecida a la que tiene en cualquier bazar del Medio Oriente. ¿Qué tal si hay cincuenta personas justas en la ciudad, la perdonarás? Está bien, si puedo hallar a cincuenta justos, perdonaré a todo el lugar. Con un sacudón Abraham recuerda con quién está regateando - Reconozco que he sido muy atrevido al dirigirme a mi Señor, yo, que apenas soy polvo y ceniza - pero procede a reducir su petición a cuarenta y cinco personas.

¿Cuarenta y cinco? No hay problema. No se enoje mi Señor, pero permítame seguir hablando. Abraham se postra, y luego continúa presionando. ¿Cuarenta? ¿Treinta? ¿Veinte? ¿Diez? Cada vez Dios acepta sin discutir, concluyendo: "Aun por esos diez justos no la destruiré"

Aunque no pudieron hallar diez justos para salvar a Sodoma y Gomorra, Abraham recibió lo que en realidad quería, liberación para su sobrino y las hijas de este. Nosotros, los lectores, quedamos con el hecho aturdidor de que Abraham dejó de pedir antes de que Dios dejara de conceder. ¿Qué tal si Abraham hubiera regateado incluso más y pedido que las ciudades fueran perdonadas por amor a un justo, su sobrino Lot? ¿Estaba Dios tan dispuesto a conceder cada punto, buscando en realidad un abogado, un ser humano con suficiente intrepidez para expresar el propio instinto profundo de Dios de misericordia?

Como Abraham aprendió, cuando apelamos a la gracia y la compasión de Dios, el Dios aterrador pronto desaparece. "Eres lento para la ira y grande en amor, y... perdonarás la maldad y la rebeldía". Dios es más misericordioso de lo que podemos imaginarnos, y recibe de buen grado las apelaciones a esa misericordia.

Discutiendo con Dios
Salte hacia delante medio milenio al momento en que otro experto regateador aparece en la escena. Dios, que "se acordó del pacto que había hecho con Abraham", selecciona expresamente a un hombre con el currículo vitae perfecto para una tarea crucial. Moisés se ha pasado la mitad de su vida aprendiendo habilidades de liderazgo en el imperio gobernante del día, y la otra mitad aprendiendo destrezas de superviviente en el desierto mientras huía luego de un arranque homicida, ¿quién mejor para dirigir a una tribu de esclavos liberados por el desierto hasta la tierra prometida?

Así, para no dejar lugar a la duda, Dios se presenta a sí mismo de día por medio de un fenómeno nada natural: una zarza que arde y que no se consume. De forma apropiada Moisés esconde la cara, con miedo de mirar, cuando Dios le anuncia la misión:"han llegado a mis oídos los gritos desesperados de los israelitas, y he visto también cómo los oprimen los egipcios. Así que disponte a partir. Voy a enviarte al faraón para que saques de Egipto a los israelitas, que son mi pueblo"

A diferencia de Abraham, Moisés se pone a discutir desde la primera reunión. Intenta con una humildad falsa: ¿Y quién soy yo para presentarme ante el faraón? Cuando eso falla, apela a otras objeciones: No sé su nombre... ¿Y qué tal si los israelitas no me creen?... Nunca he sido elocuente. Dios responde a cada una de ellas, orquestando unos pocos milagros para establecer la credibilidad. Todavía Moisés suplica que se le exima: Oh, Señor, por favor, envía a algún otro. La paciencia se acaba y la ira de Dios estalla, pero incluso así Dios sugiere un acuerdo, un papel compartido con el hermano de Moisés, Aarón. El famoso éxodo de Egipto comienza de este modo solo después de una prolongada sesión de regateo.

Moisés utiliza ese talento para la negociación, esa destreza, en una prueba suprema un tiempo más tarde cuando la paciencia de Dios con la tribu en verdad se acaba. Después de observar diez plagas descendiendo sobre Egipto, después de salir de la esclavitud cargados con el botín, después de ver el ejército del faraón que era la última palabra ahogándose bajo el agua, después de seguir una nube de día y una columna de fuego por la noche, después de recibir provisiones milagrosas de agua y comida (algo de lo cual todavía estaba digiriéndose en sus barrigas al momento)... después de todo eso, los israelitas tienen miedo, o se aburren, o son "tercos" según el diagnóstico de Dios y lo rechazan todo a favor de un ídolo de oro que les hizo el hermano de Moisés, el mismo Aarón que Dios había nombrado en una especie de acuerdo.

Dios había tenido más que suficiente. "déjame que lo destruya y borre hasta el recuerdo de su nombre. De ti, en cambio, haré una nación más fuerte y numerosa que la de ellos." Moisés conoce bien el poder destructor que Dios puede desatar porque lo había visto de primera mano en Egipto. Déjame, le dice Dios. Moisés oye ese comentario menos como una orden que como el suspiro de un padre acosado que ha llegado al final de la cuerda y sin embargo de alguna manera quiere que se le contenga... en otras palabras, como una posición abierta a la negociación.

Moisés despliega los argumentos. Mira todo lo que tuviste que pasar para librarlos de Egipto. ¿Qué tal en cuanto a tu reputación? ¡Piensa en cómo los egipcios van a burlarse! no te olvides de tus promesas a Abraham. Moisés descarga el talego de las propias promesas de Dios. Por cuarenta días y cuarenta noches yace postrado ante el Señor, rehusándose a comer y beber. Al fin Dios se rinde: "ve a la tierra donde abundan leche y miel. Yo no los acompañaré, porque ustedes son un pueblo terco, y podría destruirlos en el camino" Moisés procede a ganar esa discusión también, puesto que Dios a regañadientes acepta acompañar a los israelitas el resto del camino.

Algún tiempo más tarde las mesas se voltearon. Esta vez Moisés es el que está listo para darse por vencido. "¿Acaso yo lo concebí, o lo di a luz, para que me exijas que lo lleve en mi regazo, como si fuera su nodriza, y lo lleve hasta la tierra que le prometiste a sus antepasados?" Y en esta ocasión es Dios el que responde con compasión, tranquilizando a Moisés, mostrando simpatía por sus quejas, y designando a setenta ancianos para que compartan la carga.

Moisés no ganó toda discusión con Dios. Notablemente no logró persuadir a Dios para que le permitiera entrar en la tierra prometida en persona (aunque esa petición también fue concedida muchos años después en el monte de la transfiguración). Pero su ejemplo, como el de Abraham, demuestra que Dios invita a la discusión y a la lucha, y que a menudo cede, en especial cuando el punto de contención es la misericordia de Dios. En el mismo proceso de discutir podemos en verdad tomar las cualidades propias de Dios.

“La oración no significa vencer la renuencia de Dios”, escribe el arzobispo Trench, “es aferrarse a su disposición más alta”.
La oración no significa vencer la renuencia de Dios”, escribe el arzobispo Trench, “es aferrarse a su disposición más alta.

Una intimidad extraña

Si Abraham y Moisés fueran los únicos ejemplos bíblicos de ponerse a discutir al mismo nivel con Dios, yo vacilaría en ver sus encuentros de lucha algún tipo de modelo para la oración. Ellos se hallan, sin embargo, como dos representantes típicos de un estilo que se encuentra por toda la Biblia. (¿Tal vez este mismo rasgo explica por qué Dios los escogió para tareas tan importantes?)

Las discusiones de esos dos gigantes de la fe parecen suaves comparadas con las peroratas de Job. Sus tres amigos hablan perogrulladas y fórmulas santurronas, usando el lenguaje recatado que a menudo oigo en las oraciones públicas en la iglesia. Defienden a Dios, tratan de calmar los estallidos de Job, y hallan razones para aceptar al mundo tal como es. Job no acepta nada de eso. Objeta con amargura el hecho de ser la víctima de un Dios cruel. Job le habla a Dios directo desde el corazón… un corazón profundamente herido. Casi abandona la oración porque, como les dice a sus mortificados amigos: “Que ganamos con dirigirle nuestras oraciones” Sin embargo, en un giro irónico al final del libro, Dios se pone de manera contundente al lado de Job y de su enfoque expresado sin tapujos, descartando la verborrea de los amigos con una andanada de desdén.

Los salmistas, de igual manera, se quejan de la ausencia de Dios y de lo que parece ser injusto. Un salmo atribuido a David capta el espíritu:

Cansado estoy de pedir ayuda;
Tengo reseca la garganta.
Mis ojos languidecen,
Esperando la ayuda de mi Dios.

Una letanía de protestas en los salmos y en los profetas le recuerdan a Dios que el mundo anda patas arriba, que muchas promesas quedan sin cumplirse, que la justicia y la misericordia no gobierna en la tierra.

Los dos profetas más prolíficos responden al llamado de Dios de manera muy similar a la de Moisés. Isaías muestra esta reacción inicial: “ay de mi, que estoy perdido” soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos”. Jeremías murmura una excusa inmediata –“¡soy muy joven, y no sé hablar!” – y retrocede ante las asignaciones de Dios en toda su larga carrera. No se cohíbe: “¡Ah, Señor mi Dios, cómo has engañado a este pueblo y a Jerusalén! Dijiste: “tendrán paz”, pero tienen la espada en el cuello”.

Una competencia de lucha también tuvo lugar en el Getsemaní, de Jesús luchando con la voluntad de Dios y aceptándola solo como último recurso puesto que no había ninguna otra salida. Más adelante, cuando Dios escogió a la persona más improbable (un notorio abusador de los derechos humanos llamado Saulo de Tarso) para llevar su mensaje a los gentiles, un dirigente de la iglesia expresó el disentimiento: “Señor, he oído hablar mucho de ese hombre y de todo el mal que ha causado a tus santos en Jerusalén”. Dios cortó esta discusión en particular: “¡Ve!... porque ese hombre es mi instrumento escogido”. Varios años más tarde el mismo hombre, ahora llamado Pablo, estaría por sí mismo regateando con Dios, orando repetidas veces por la remoción de una dolencia física.
¿Por qué Dios, el gobernante todopoderoso del universo, recurre a un estilo de relacionarse con los seres humanos que parece más bien una negociación o un regateo, para decirlo más crudamente? ¿Requiere Dios el ejercicio como parte de nuestro régimen de entrenamiento espiritual? ¿O es posible que Dios, si pudiera usar tal vocabulario, cuente con nuestros arranques como una ventana hacia el mundo, o como un despertador que pudiera llamar a la intervención? Fue el clamor de los israelitas, después de todo, lo que impulsó a que Dios a Moisés.

Como Abraham, me acerco a Dios al principio con temor y temblor, solo para aprender que él quiere que deje de arrastrarme y empiece a discutir. No me atrevo a aceptar con mansedumbre el estado del mundo, con todas sus injusticias e inequidades. Debo llamar al Señor a cuentas debido a las propias promesas de Dios, al propio carácter de Dios.

Los que luchan con Dios
Solía preocuparme por mi deficiencia de fe. En mis oraciones espero poco y me satisfago con menos. La fe se siente como un don que una persona bien tiene o no tiene, y no como algo que se pueda desarrollar con el ejercicio, como un músculo. Mi actitud está cambiando, sin embargo, conforme empiezo a entender la fe como una forma de interactuar con Dios. Tal vez no pueda acumular una gran creencia en los milagros, o tener grandes sueños, pero sí puedo en verdad ejercer mi fe al interactuar con Dios en la oración.

Recuerdo una escena a principios de mi matrimonio. Estábamos visitando a unos amigos en la región occidental del país que habían hecho arreglos para que nos quedáramos en una casa de huéspedes de cuatro dormitorios que no tenía otros ocupantes esos días. Durante la cena, algún comentario no les gustó a unos de nosotros, y al poco tiempo se había desatado una fenomenal pelea matrimonial. Nos quedamos hasta altas horas de la noche tratando de resolverlo, pero en lugar de unirnos la conversación solo nos alejaba cada vez más. Consciente de que tenía una reunión de negocios al día siguiente, salí hecho una tromba de nuestro dormitorio a otro en busca de paz y sueño.

Pocos minutos después la puerta se abrió y Janet se apareció con un nuevo conjunto de argumentos que respaldaban su punto de vista. Yo me fui a otro dormitorio. Lo mismo sucedió. ¡Ella no me iba a dejar en paz! La escena se volvió casi cómica: en esposo enfurruñado, introvertido, huyéndole a una esposa insistente y extrovertida. Al día siguiente (y no antes), ambos pudimos reírnos. Aprendí una lección importante, que no comunicarse es peor que pelear. En una competencia de lucha por lo menos ambas partes están interviniendo.

Esa imagen de pelea evoca una última escena de la Biblia, el prototipo de la lucha con Dios. El nieto de Abraham, Jacob, se ha abierto paso por la vida mediante trucos y engaños, y ahora debe enfrentar las consecuencias en la persona de su hermano malhumorado, al que le ha robado su primogenitura. Plagado por el temor y la culpa, Jacob envía elaboradas ofrendas de paz para apaciguar a Esaú. Por veinte años ha vivido en el exilio. ¿Lo recibirá Esaú con la espada o con un abrazo? Él tiembla solo en la oscuridad, esperando.

Alguien tropieza con él - ¿un hombre?- ¿un ángel?- y Jacob hace los que siempre ha hecho. Pelea como si su vida dependiera de ello. Toda la noche los dos pelean y ninguno obtiene la ventaja, hasta que al fin los primeros rayos del alba iluminen el horizonte. “¡Suéltame!” dice la figura, estirando la mano hacia abajo con un toque tan potente que disloca la cadera de Jacob.

Cojeando, vencido, asustado hasta los huesos, Jacob todavía se las arregla para aferrarse:” ¡No te soltaré hasta que me bendigas!”, le dice la figura. En lugar de dislocarle el pescuezo con otro toque, la figura con ternura le concede a Jacob un nuevo nombre, Israel, que significa “el que lucha con Dios”. Por último Jacob comprende la identidad de su oponente.

Un poco más tarde Jacob ve a su hermano Esaú aproximándose con cuatrocientos hombres y se acerca cojeando a su encuentro. Su propia competencia de lucha empieza antes del nacimiento, con un encuentro en el útero. Ahora el momento de la verdad he llegado. El que lucha con Dios extiende sus brazos.

Un autor judío contemporáneo, Arthur Waskow, escribió en su libro Godwrestling [Lucha con Dios] que la lucha se parece mucho a hacer el amor – y hacer la guerra. Jacob sintió un poco de ambas, hacer el amor y hacer la guerra, con una elusiva figura en la noche y con un velludo Esaú en el día. Desde la distancia, es difícil distinguir un ahorcamiento de un abrazo.

Dios no cede con facilidad. Sin embargo, y al mismo tiempo, Dios parece recibir de buen grado la persistencia que nos mantiene luchando mucho después de que el encuentro ha quedado decidido. Quizás Jacob aprendió por primera vez en esa noche larga a orilla del río cómo transformar la pelea en amor. “¡ver tu rostro es como ver a Dios mismo!”, le dijo a su hermano, palabras inimaginables si él no se hubiera encontrado con Dios cara a cara la noche anterior.

Aunque Jacob hizo muchas cosas equivocadas en la vida, llegó a ser el epónimo de una tribu y una nación así de como todos nosotros quienes luchamos con Dios. Todos somos hijos de Israel, dijo Pablo, todos los que luchamos con Dios, que nos aferramos a Dios en la oscuridad, que perseguimos a Dios de cuarto en cuarto, que declaramos: “no te soltaré”. A nosotros nos pertenece la bendición, la primogenitura, el reino.

“La oración en su forma más alta y su éxito más grandioso asume la actitud de uno que lucha con Dios”, concluyó E. M. Bounds, quien escribió ocho libros sobre la oración. Un estallido sin tapujos difícilmente amenaza a Dios, y algunas veces incluso parece que lo hace cambiar. Como lo demostró el toque en la coyuntura de la cadera de Jacob, Dios podía haber acabado el encuentro en cualquier punto durante esa larga noche en el desierto. Más bien la figura elusiva persistió, tan anhelantemente de ser sostenida como lo estaba Jacob de ser el que sostenía.

Este extracto ha sido adaptado del último libro de Philp yancey, Oración: ¿Hace alguna diferencia?

1 comentario:

  1. ¡Wow!, gracias Anyul por lo que pusiste acerca de la oración de Yancey. La verdad es que es otra perspectiva muy buena.
    Muchas gracias.

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