viernes, 5 de diciembre de 2008

La ineficiencia santa de Henri Nouwen


Difícilmente puedo imaginar un mejor simbolo de la encarnación.
Por Philip Yancey

Una vez cuando estaba cenando con un grupo de escritores, la conversación giró en torno a las cartas que obtenemos de nuestros lectores. Richard Foster y Eugene Peterson mencionaron a un joven intenso que estaba buscando dirección espiritual de parte de ellos. Ellos respondieron lo mejor que pudieron, respondiendo preguntas por correo y recomendando libros sobre espiritualidad. Foster se acababa de dar cuenta que el lector había contactado también a Henri Nouwen. “no creerás lo que hizo Nouwen”, me dijo. “él invitó a este extraño a vivir con él por un mes para así mentorearlo en persona”.
La mayoría de los escritores protegen celosamente su privacidad y su agenda de actividades. Nouwen, quién murió de un ataque al corazón el septiembre pasado, rompió tales barreras de profesionalismo. Su vida entera, de hecho, mostró una “ineficiencia santa”.
Graduado en Holanda como psicólogo y teólogo, Nouwen pasó sus años tempranos alcanzando logros. Enseñó en Notre Dame, Yale y Harvard, con un promedio de un libro por año, y viajó extensamente como conferenciante. Tenía un resumen curricular para morirse – ese era el problema, exactamente. La agenda que lo presionaba y la competencia implacable estaban sofocando su propia vida espiritual.
Nouwen fue a Suramérica por seis meses, explorando un nuevo papel para si mismo como misionario en el Tercer Mundo. Una agitada agenda de conferencias a su llegada a los Estados Unidos solo hizo las cosas peor. Finalmente, Nouwen cayó en los brazos de la comunidad L’Arche en Francia, un hogar para los que están seriamente discapacitados. Se sintió tan nutrido por ellos que estuvo de acuerdo volverse sacerdote en la residencia de un hogar similar en Toronto llamado Amanecer. Allí, Nouwen pasó sus últimos 10 años, aún escribiendo y viajando para dar charlas aquí y allá, pero siempre retornando al paraíso de Amanecer.
Una vez visité a Nouwen, compartiendo el almuerzo con él en su pequeña habitación. Tenía una cama individual, una biblioteca y unas pocas piezas de mueblería al estilo de Shaker. Las paredes estaban sin adornos excepto por una copia de una pintura de Van Gogh y unos pocos símbolos religiosos. Alguien del personal de Amanecer nos sirvió un plato de ensalada Cesar y una rebanada de pan. Sin fax, ni computadora, ni un calendario de actividades en la pared de su cuarto, al menos, Nouwen encontró serenidad. La “industria” de la iglesia se veía bien lejos.
Luego del almuerzo celebramos una eucaristía especial para Adam, el joven al que Nouwen buscaba. Con solemnidad, pero también con un brillo en su ojo, Nouwen dirigió la liturgia en honor al cumpleaños 26 de Adam. Incapaz de hablar, o vestirse a sí mismo, profundamente retardado, Adam no mostró signos de comprensión. Parecía reconocer, al menos, que su familia había llegado. Él gemía durante la ceremonia y gruñó fuertemente algunas veces.
Luego Nouwen me contó que le tomó cerca de dos horas preparar a Adam cada día. Bañarlo y afeitarlo, cepillando sus dientes, peinando su cabello, guiando sus manos mientras trataba de desayunar – estos actos simples y repetitivos se habían vuelto para él casi en una hora de meditación.
Debo admitir que tuve una duda fugaz acerca si este podría ser el mejor uso del tiempo de un sacerdote ocupado. ¿No podría otro hacerse cargo de las actividades manuales? Cuando le abordé  con cautela el tema al mismo Nouwen, me informó que lo había malinterpretado completamente. “no estoy renunciando a nada”, insistió. “soy yo, no Adam, quien recibe el beneficio principal de nuestra amistad”.
Todo el día estuve dándole vueltas a esta pregunta, trayendo al caso varias maneras en que él se podría beneficiar de esta relación con Adam. Ha sido difícil para él al principio, me dijo. El contacto físico, afecto y el desorden al cuidar a una persona que con falta de coordinación no le se le hizo muy fácil. Pero aprendió a amar a Adam, amarlo verdaderamente. En el proceso aprendió que debe ser igual para Dios amarnos a nosotros – personas espiritualmente no coordinadas, retardadas, capaces de responder con lo que debiera parecer para Dios gruñidos y gemidos desarticulados. De hecho, trabajando con Adam le había enseñado a él la humildad y la “sensación de vacío” lograda por ciertos monjes solo luego de mucha disciplina.
Nouwen ha dicho que toda su vida dos voces competían dentro de él. Una lo animaba a tener éxito y ser triunfador, mientras que la otra lo llamaba sencillamente a descansar en la comodidad de ser “el amado” de Dios. Solo en la última década de su vida escuchó verdaderamente a esa segunda voz.
Finalmente Nouwen concluyó que “el objetivo de la educación y la formación para el ministerio es reconocer la voz del Señor continuamente, su rostro, y su toque en cada persona que conocemos”. Leyendo esa descripción en su libro ¡gracias!, entiendo por qué no pensaba que era una pérdida de tiempo invitar a un extraño a vivir con él por un mes, o dedicar dos horas diarias al cuidado de Adam.
Voy a extrañar a Henri Nouwen. Para algunos, su legado consiste en sus muchos libros, para otros su rol como puente entre católicos y protestantes, para otros su carrera distinguida en la liga de universidades Ivy. Para mí, sin embargo, una sola imagen lo captura mejor: el sacerdote enérgico, con su cabello desordenado, usando sus manos incansables tanto para una homilía de la nada, celebrar una elocuente eucaristía de cumpleaños para un niño-hombre inerte tan dañado que muchos padres lo habrían abortado. Difícilmente puedo imaginar un mejor símbolo de la encarnación.


© Christianity Today, 9 de Diciembre, 1996. Usado con permiso. Los Temas de la Vida Cristiana, Vol. 40, No. 14, página 80. Todos los derechos reservados.

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3 comentarios:

  1. Ay, te agradezco muchísimo este post.
    Me resultó apasionante y tajante.
    Un gran abrazo

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  2. Gracias por tu excelente traducción. He leído muchos libros que escribió Nouwen y lo consideró un gran ejemplo a seguir; aunque creo que, como decimos en mi país, "no le llego ni a los talones".

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  3. Qué bella manera de servir en el Sueño de Dios. ¡Sinceramente gracias, Anyul!

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