domingo, 15 de febrero de 2009

John Donne - 02

¿Cómo vendrán a Ti aquellos a los que has clavado a sus camas?


No importa por dónde empiece, casi siempre termino escribiendo acerca del dolor. Mis amigos me han sugerido diversas razones que justifiquen esta propensión: alguna herida profunda de la niñez o, tal vez, una sobredosis bioquímica de melancolía. No lo sé. Todo lo que sé es que me preparo para escribir acerca de algo encantador, como las diáfanas alas de una cachipolla y no pasa mucho tiempo antes de que me entregue en las sombras, escribiendo acerca de la breve y trágica vida de una cachipolla.

“¿Cómo podría escribir acerca de otra cosa?, es la mejor explicación que puedo encontrar. ¿Existe algún hecho más fundamental de la existencia humana? Nací en medio del dolor, abriéndome paso en medio de tejidos rasgados y ensangrentados y, como primera evidencia, ofrecí un quejido. Es probable que también muera en medio del dolor. En medio de esos paréntesis de dolor, vivo mis días, avanzando con dificultad desde uno hacia el otro. Como lo expresó el contemporáneo de Donne, George Herbert: “al nacer, lloré y cada día demuestro por qué”.

la enfermedad de John Donne no fue más que el último encuentro con el dolor en una vida marcada por el sufrimiento. su padre murió cuando tenía 4 años. La fe católica de su familia demostró tener una discapacidad invalidante en aquellos días de la persecución protestante: los católicos no podían ocupar puestos públicos, los multaban por asistir a misa y a muchos los torturaban por sus creencias.( la palabra “oprimido” deriva de una técnica popular: a los católicos que no se arrepentían los ponían debajo de una plancha sobre la cual se amontonaban pesadas rocas hasta que a los mártires propiamente les sacaban la vida a presión). Luego de destacarse en Oxford y Cambridge, a Donne le negaron su título debido a su afiliación religiosa. Su hermano murió en prisión, cumpliendo una sentencia por haber albergado a un sacerdote.

Al comienzo, Donne respondió a estas dificultades rebelándose contra la fe. Tenía mala fama de don Juan y celebró sus explotaciones sexuales en algunos poemas más francamente eróticos de toda la literatura inglesa. Al final, deshecho por la culpa, renunció a sus comportamientos promiscuos a favor del matrimonio. había caído bajo el hechizo de una belleza de diecisiete años tan rápida y brillante que le recordaba a un rayo de sol.

Como una amarga ironía, justo cuando Donne decidió asentarse, su vida tomó un giro calamitoso. El padre de Anne More decidió castigar a su nuevo yerno, al cual consideraba poco apropiado. Hizo que a Donne lo despidieran de su trabajo como secretario de un noble e hizo que lo arrojaran a prisión junto con el ministro que había celebrado la ceremonia. desconsolado, Donne escribió su poema más desgarrador: “John Donne, Anne Donne, Undone” [John Donne, Anne Donne, Deshechos]

Una vez que salió de la prisión, Donne, marcado, no pudo encontrar ningún empleo. Había perdido toda posibilidad de cumplir su ambición de servir en la corte del rey Jacobo. Durante casi una década, él y su esposa vivieron en la pobreza, en una casa muy pequeña adonde se iban apretujando con los hijos que nacían a razón de uno por año. Anne sufría de periódicas depresiones, y más de una vez estuvo a punto de morir al dar a luz. John, probablemente desnutrido, sufría de fuertes dolores de cabeza, de retortijones intestinales y de gota. Su trabajo más largo durante este periodo fue un extenso ensayo acerca de las ventajas del suicidio.
En algún momento durante aquella sombría década, John Donne se convirtió a la iglesia de Inglaterra. su carrera se veía obstaculizada a cada momento, por lo tanto, a los cuarenta y dos años de edad procuró que lo ordenaran como sacerdote anglicano. Sus contemporáneos chismorreaban acerca de su “conversión por conveniencia” y se mofaban diciendo que en realidad había deseado ser “embajador en Venecia y no embajador de Dios”. Pero Donne lo consideraba un llamado genuino. Obtuvo el titulo de doctor en Divinidades en Cambridge, prometió dejar de lado la poesía por el bien del sacerdocio y se dedicó exclusivamente al trabajo parroquiano.

Al año siguiente de que Donne se hiciera cargo de su primera iglesia, Anne murió. Había tenido doce hijos en total, cinco de los cuales murieron durante la infancia. John predicó el sermón en el funeral de su esposa, y escogió un texto del libro de lamentaciones, cuya palabras eran dolorosamente autobiográficas: “yo soy el hombre que ha visto aflicción”. hizo un voto de no volver a casarse, no ser que una madrastra la causara más dolor a sus hijos y, como consecuencia tuvo que asumir muchas tareas del hogar y tuvo que usar unos preciados ahorros para pagar ayuda de afuera.  Este fue, entonces, el sacerdote asignado a la catedral de San Pablo en 1621: un melancólico incorregible, atormentado por los pecados de su juventud, fracasado en todas sus ambiciones (excepto en la poesía a la cual había renunciado), mancillado por las acusaciones de insinceridad. No parecía el candidato ideal para levantar el ánimo de la nación en los tiempos de la plaga. De todas maneras, Donne se entregó a su nueva tarea con vigor. Se negó a unirse a los muchos que evacuaban Londres y, en cambio, se quedó con sus atribulados parroquianos. Se levantaba todas las mañanas a las cuatro y estudiaba hasta las diez. En la era de la Biblia King James y de William Shakespeare, los londinenses educados honraban la elocuencia y la declamación, y en estas cosas, John Donne no tenía igual. Daba sermones con tanto poder que pronto, a pesar de que la población de Londres se reducía, la vasta catedral estaba atestada de adoradores. Entonces llegó su enfermedad y, con ella, la sentencia de muerte.
Algunos escritores dicen que el conocimiento de la muerte inminente produce un estado de elevado concentración, algo parecido a un ataque de epilepsia; tal vez Donne sintió eso mientras trabajaba en el diario de su enfermedad. este escrito carece de su habitual control estricto. Las oraciones, densas, presentadas como una libre asociación de ideas, superponen los conceptos, reflejando el estado febril de la mente de Donne. Escribía como si tuviera que volcar en palabras cada pensamiento o emoción significativa que alguna vez se le hubiera ocurrido.

“Cuan variable, y por lo tanto miserable, es la condición del hombre. En aquel minuto estaba bien y al siguiente minuto estaba enfermo”, comienza el libro. Cualquiera que haya estado confinado a una cama durante más de unos días se puede identificar con las circunstancias triviales, pero a la vez abrumadores, que Donne procede a describir: una noche sin dormir, el aburrimiento, los médicos consultándose en voz baja, la falsa esperanza de remisión seguida por la temida realidad de la recaída.

El modo del escrito cambia con rapidez y violencia a medida que la enfermedad progresa. El temor, la culpa y la tristeza de un corazón deshecho se turnan en acosar la paz interior. Donne se preocupa por su pasado:¿Acaso Dios lo había “clavado a la cama”  como un castigo burlón por su pecados sexuales pasados? En sus oraciones, trata de reunir alguna alabanza, o al menos algo de gratitud, pero casi siempre fracasa. Por ejemplo, una meditación comienza con valor mientras Donne se aferra a la esperanza pensando que en el sueño, Dios nos ha dado una manera de ir acostumbrándonos a la noción de la muerte. Perdemos la conciencia, pero nos levantamos de nuevo al día siguiente renovados y mejorados: ¿no es este un cuadro de lo que nos sucederá después de la muerte? Entonces, sobresaltado se da cuenta de que la enfermedad le había quitado hasta este problema de esperanza: “no duermo ni de noche, ni de día…” ¿por qué algo de la pesadez de mi corazón no se traslada a mis párpados? EL insomnio le había dejado un espacio intacto en el cual podía preocuparse por la muerte, y no le permitía descansar para renovarse de esa preocupación.
Donne se describe a sí mismo como un marinero lanzado de aquí para allá por las imponentes olas de un océano agitado por la tormenta: puede divisar la distante tierra lejana, pero ante la siguiente ola la pierde de vista. Otros escritores han descrito las vicisitudes de la enfermedad con un poder similar; lo que distingue al trabajo de Donne es la audiencia a quien le escribe: Dios. Siguiendo la tradición de Job, de Jeremías y de los salmistas, Donne utiliza el campo de sus pruebas personales como el terreno para su gran lucha con el Todopoderoso. Luego de pasar una vida en un confuso andar errático, finalmente ha llegado a un lugar en el que puede ofrecerle algún servicio a Dios, y ahora, en ese preciso momento, una enfermedad mortal le asesta su golpe. En el horizonte no aparece otra cosa que no sea fiebre, dolor y muerte. ¿Qué hacer con esto?
En Devotions [Devociones], John le pide a Dios que entre en acción. “No tengo la justicia de Job, pero tengo su deseo: hablaré con el Todopoderoso y razonaré con Dios”. A veces, hostiga a Dios, otras se humilla y ruega por perdón, algunas veces discute enérgicamente. Sin embargo, ni una sola vez, Donne deja de lado a Dios en el proceso. El director de escena invisible sigue como una sombra cada pensamiento, cada oración.

Tomado de "Sobreviviente, a pesar de todo mi fe sobrevive", págs. 277-304. Editorial Unilit.

domingo, 8 de febrero de 2009

John Donne - 01

En el lecho de  muerte


Al final de la década de los ochenta, cuando la epidemia de SIDA diezmaba la comunidad homsexual y el Director de Salud Pública, Koop, recibía críticas por su actitud compasiva, un amigo mío contrajo la enfermedad. Llegué a conocer a David a través de la música clásica. Como miembro de la junta de Chicago Symphony, nos invitó a Janet y a mi a varios conciertos y nos presentó a los músicos de la orquesta.

Cuando nuestra amistad fue creciendo, David nos contó acerca de su peregrinaje. Había crecido en un hogar cristiano y había asistido a una universidad cristiana conservadora. Fue allí, en realidad, donde tuvo sus primeros contactos homosexuales. Más tarde declaró públicamente pertenecer a la comunidad homosexual y escogió un compañero. "sigo considerándome un cristiano evangélico", me dijo. "Creo que todo lo que dice la Biblia, bueno, casi todo. No sé que hacer con esos dos o tres versículos que hablan del contacto entre personas del mismo sexo. Tal vez esté pecando en mi estilo de vida. Tal vez esos versículos hablen de algo diferente. No se como reconciliar todas las cosas; pero si amo a Jesús y deseo servirlo".

Yo tampoco sabía como reconciliarlas. David daba testimonio a otros de su fe y donaba grandes sumas de dinero para causas cristianas, incluyendo los programas orientados a la sociedad que llevaba a cabo nuestra iglesia, a la cual él solía asistir. Ahora iba a la Moody Memorial Church, mantenía un perfil bajo y se estremecía cada vez que el pastor condenaba a la homosexualidad desde el púlpito. Pero le gustaba la música, y de todas las iglesias a las que había asistido, esta era la que se acercaba más a reflejar su propia teología. "La mayoría de los cristianos homosexuales son bastante conservadores en el aspecto teológico", explicó. "En la iglesia se nos acusa tanto que no nos molestaríamos en ir si no creyeramos que es la verdad".

Janet y yo tratamos de sr amigos fieles de David a pesar de nuestras diferencias. La enfermedad afectó su cuerpo de una manera lenta y terrible. Pasó las ultimas semanas de vida en el hospital, y lo visitábamos tan a menudo como mpodiamos. Algunas veces, lo encontrabamos lúcido y reflexivo. Otras, alucinaba, se imaginaba que éramos parientes o personas pertenecientes a su pasado. Cerca del final, su cuerpo se llenó de llagas púrpura, se le hinchó la lengua y al tener la boca llena de aftas, no podía hablar.

Cuando David finalmente murió, su compañero, consternado, me pidió que hablara en el funeral. "Puede decir lo que desee", me dijo. "Pero le pido una sola cosa: por favor, no predique acerca del juicio. La mayoría de las personas que vendrán no han ido a la iglesia en años. En la iglesia no han escuchado otra cosa que no sea juicio. Necesitan escuchar acerca de un Dios de gracia y misericordia, el Dios al cual David adoraba. Necesitan esperanza"

Durante los dos días siguientes, no fue mucho lo que hice. Escribí y rompí varios borradores de lo que iba a decir. El día previo al funeral, en un repentino momento de inspiración, me acerqué a la biblioteca y saqué un pequeño libro que no había mirado por años: "devociones para ocasiones de emergencia" de John Donne. Tenía las puntas superiores dobladas y estaba subrayado con muchas notas al margen, y al leerlo de nuevo me di cuenta de que no hubiera podido encontrar un mensaje más "moderno" y apropiado que aquel escrito por un poeta de la época isabelina, casi cuatro siglos atrás.

Miré a la audiencia mientras me encontraba de pie frente al púlpito la noche del funeral de David. Sus amistades eran un grupo de personas sofisticadas, amantes de la diversión, y muchos se habían reunido para honrar su vida. Algunos músicos de la Chicago Symphony se habían ido temprano del concierto vespertino y rápidamente se habían dirigido a la iglesia para brindar un tributo musical. Había observado que mientras cantábamos unos pocos himnos, muchos se sentían incómodos hasta de usar un himnario y mucho más de cantar. Sin lugar a dudas, este grupo no era un grupo de iglesia. Sin embargo, era un grupo dolorido: parecían pajarillos indefensos, hambrientos de palabras de consuelo y esperanza. La mayoría de ellos había perdido a otros amigos devorados por el SIDA en los años anteriores. Sentían culpa y confusión y también dolor. La tristeza imprenaba el santuario como si fuera niebla. Comencé contando la historia de John Donne (1573-1631), un hombre que conocía muy bien el dolor. Durante el lapso en que sirvió como decano de la Catedral de San Pablo, la iglesia más grande de Londres, tres oleadas de la Gran Plaga arrasaron la ciudad; tan solo la última epidemia mató a 40.000 personas. En total, la tercera parte de Londres murió, y otra tercera parte huyó al campo, trasnformando a vecindarios enteros en cuidades fantasma. La hierba crecía en medio de los adoquines. Profetas medio locos, con las ropas caídas, asolaban las calles desiertas proclamando a gritos el juicio y, en realidad, nadie creía que Dios había enviado la plaga como un flagelo por los pecados de Londres. En aquel momento de crisis, los londinenses rodearon a Donne en busca de una explicación; o al menos, una palabra de consuelo. Entonces, las primeras manchas de la enfermedad aparecieron en su propio cuerpo.

Los médicos le dijeron que se trataba de la plaga. Le quedaba poco tiempo. Durante seis semanas, estuvo tendido en en umbral de la muerte. Los tratamientos que le prescrbían eran tan crueles como la enfermedad: sangrías, cataplasmas tóxicas, aplicaciones de víboras y de palomas para quitar los "vapores del mal". Durante todo este período oscuro, Donne, que tenía prohibido leer o estudiar pero si podía escribir, compuso el libro Devociones.  Mientras yacía en la cama, convencido que iba a morir, tuvo una lucha sin tregua con el Dios Todopoderoso y la dejó registrada para la posteridad.

Aquel antiguo libro me ha servido como guía indispensable al pensar en el dolor. No solo cuando muere un amigo, sino cada vez que me siento avasallado por el sufrimiento, recurro a él para lograr una mejor comprensión. John Donne es insicivo sin ser blasfemo, es profundo si nser abstracto o impersonal. Cambió para siempre mi manera de pensar acerca del dolor y la muerte, y acerca de cómo mi fe les habla a estras crisis inevitables.

Tomado de "Sobreviviente, a pesar de todo mi fe sobrevive", págs 277-304. Editorial Unilit.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Navidad Domesticada


Cuando el misionero Jesuita Matteo Ricci fue a China en el siglo dieciséis, se llevó ejemplares de arte religioso para ilustrar la enseñanza cristiana ante personas que nunca antes la habían oído. Los chinos acogieron de inmediato con agrado los retratos de la Virgen María con su hijo en brazos, pero cuando les mostró cuadros de la crucifixión y trató de explicarles que, cuando el niño Dios llegó a adulto lo crucificaron, el auditorio reaccionó con repugnancia y horror. Prefirieron mucho más a la virgen e insistieron en rendirle culto a ella y no al Dios crucificado.
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Cuando vuelvo a revisar el montón de tarjetas de navidad, me doy cuenta que en los países cristianos hacemos lo mismo. Celebramos una festividad blanda, domesticada, exenta de cualquier indicio de escándalo. Sobre todo, eliminamos de ella cualquier recordatorio de como el relato que comenzó en Belén acabó en el Calvario.


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lunes, 12 de enero de 2009

Adoración de verdad

El estilo de la adoración oscila, como un péndulo, entre un extremo y otro, de lo ortodoxo a lo carismático, de lo anglicano a lo menonita, de lo luterano a lo moravo, de iglesias estatales a movimientos emergentes contraculturales. Quizás necesitemos combinar algo de cada extremo ...

El cristianismo ocupa un lugar único entre las religiones del mundo. Nuestra fe proclama a un Dios ante el cual aun los más grandes santos se quitaron el calzado, cayeron sobre su rostro y se arrepintieron en polvo y cenizas. A la misma vez, revela a un Dios que se presentó sobre la tierra en forma de bebé, mostró tiernas bondades hacia los niños y los débiles, nos enseñó a llamarle «Abba» y amó y fue amado. El Señor es, a la vez, trascendente e inmanente, según nos dicen los teólogos. Nos inspira al espanto como al amor, al temor como a la amistad.

A la mayoría en esta época, sin embargo, se le hace sumamente difícil sentir temor. Hemos domesticado a los ángeles para convertirlos en juguetes y decoraciones navideñas, creado caricaturas de Pedro frente a las puertas del cielo, amansado el fenómeno de la resurrección con huevitos de pascua, y sustituido el asombro de los pastores y reyes magos por graciosos duendes y un simpático gordo vestido de rojo. Nos referimos al Dios todopoderoso con apodos tales como «el jefe» o «el de allá arriba».

En un artículo publicado en la revista Christianity Today, en febrero de 2005, volví a escribir sobre un tema recurrente en mi vida.  ¿Cómo es que la palabra adoración se convirtió en sinónimo de música? Por varios meses mi propia congregación salió a buscar un «pastor de adoración», y un desfile de candidatos con guitarra aparecieron en la iglesia, acompañados de sus músicos. Algunos oraron: «Señor, tú sabes, acompáñanos esta noche, como que queremos sentirte, ¿entiendes?» Pocos revelaron algún conocimiento de teología; ni uno solo logró conducirnos hacia una experiencia de asombro. La adoración, hoy, significa llenar con elevados decibeles cada espacio de silencio.

Doy gracias por el espíritu de celebración y gozo que acompañan muchas de las innovaciones musicales en la Iglesia. No obstante, me pregunto qué es lo que se nos ha perdido cuando intentamos reducir la distancia entre criatura y Creador, una distancia tan admirablemente descripta por Job, Isaías y los salmistas. Juan, el discípulo amado por Jesús, en cuyo pecho se había recostado, nos dice en el Apocalipsis que, frente a la aparición de Cristo en toda su gloria, ¡cayó como muerto a sus pies!

El estilo de la adoración oscila, como un péndulo, entre un extremo y otro, de lo ortodoxo a lo carismático, de lo anglicano a lo menonita, de lo luterano a lo moravo, de iglesias estatales a movimientos emergentes contraculturales. Quizás necesitemos combinar algo de cada extremo. Søren Kierkegaard alguna vez dijo que hablamos de adoración como si el pastor y los músicos fueran los actores, y la congregación los espectadores. En realidad, Dios debería ser el espectador, el pastor y los músicos los apuntadores y la congregación los verdaderos participantes.  

Todo esto nos lleva a una interesante pregunta: ¿Qué clase de música prefiere Dios? Tendremos mucho tiempo para descubrir la respuesta a esto, pues el Apocalipsis nos revela muchas escenas en que las criaturas adoran a Dios con música y oración.

El filósofo y escritor judío Abraham Herschel nos dice que «el asombro, a diferencia del temor, no nos lleva a alejarnos del objeto que nos inspira este asombro sino, por el contrario, a acercarnos cada vez más a él».  Se dice que Martín Lutero oraba con la reverencia de quien se dirige a Dios y la osadía de quien se acerca a un amigo.

Conozco un líder de adoración, con un creciente impacto sobre la música cristiana, que intenta mantener una sana tensión entre los elementos de la amistad y el temor.  Matt Redman, autor de varias canciones de profundo contenido, dirige el grupo Soul Survivor, que se reúne en un gran depósito en Londres, Inglaterra. Un año, preocupados por la tendencia en la adoración de centrarse cada vez más en los músicos, él y el pastor de la congregación tomaron una atrevida decisión: quitaron la música de los cultos.  El resultado de ese período de «ayuno musical» fue una más acabada comprensión de la adoración. Tal como lo compartiera en una entrevista radial, Redman dice:

Efesios 5.10 resume con elocuencia lo que significa la adoración cuando nos anima a «comprobar lo que es agradable a Dios». Si estamos hablando de la música resulta claro que debemos traer a él una ofrenda que le resulte gratificante. Es obvio que la preocupación del Señor no es por el estilo o el ritmo que tenga la música. Cuando nos derramamos por medio de la música y lo respaldamos con las acciones de nuestra vida, nos hemos acercado a la esencia de lo que significa ser un adorador.

Un álbum que grabó Redman en 1998, The Friendship and the Fear (La amistad y el temor), toma su título de un verso del Salmo 25: «La comunión íntima de Jehová es con los que lo temen» (v. 14). 

Redman continúa explorando la relación entre la amistad y el temor, pues la adoración auténtica abarca ambos aspectos. Es la respuesta apropiada a un Dios santo que extiende a seres humanos imperfectos una invitación a la intimidad. En el texto hebreo del Antiguo Testamento la palabra principal para adoración significa «postrarse en una actitud de reverencia y sumisión». En el texto griego del Nuevo Testamento, la expresión más común para adoración significa «adelantarse para besar». Entre estas dos posturas —o la combinación de ambas— se encuentra nuestra mejor ofrenda a Dios.

Fuente: desarrollocristiano.com

© Christianity Today, Mes 10, Año 2005. Usado con permiso. Los Temas de la Vida Cristiana, volumen III, número 5. Todos los derechos reservados.


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miércoles, 10 de diciembre de 2008

Escapando de las balas

Una gira de conferencias en India dio lugar a unas cuantas llamadas cercanas

Mientras mi esposa y yo estábamos partiendo de la India la semana pasada, un tiroteo se desató en el aeropuerto de Nueva Delhi. por suerte, para esa hora, ya estábamos a 40.000 pies de altura.

Janet y yo estábamos en una gira de conferencias en la India cuando los ataques terroristas se iniciaron en Mumbai donde la vida se detuvo virtualmente, así como lo hizo en Estados Unidos luego del 11 de septiembre del 2001. La mayor parte de los ataques tuvieron lugar repentinamente y finalizaron de igual forma en India; este último en Mumbai duró unas 60 horas.

Todas las otras noches, nos hospedamos en un hotel para turistas, el tipo de hotel que buscan los terroristas en Mumbai (anteriormente Bombay). Pero cuando llegamos a Mumbai, nos hospedamos con un doctor de la localidad que dirige un gran hospital para los pobres y un hospital para los enfermos de SIDA.

Todos los días, los periódicos de la India contaban las historias del drama que estaba sucediendo. Una conocida periodista envió por mensaje de texto un artículo de media página relacionado con ser tomada como rehén un su cuarto de hotel, describiendo los disparos  y las explosiones de granadas de las batallas que se efectuaban en el pasillo del hotel, y el humo entrando bajo las puertas. su último mensaje fue “el terrorista está en el baño, yo estoy bajo la cama…” los comandos encontraron allí su cuerpo horas después.

Una pareja Musulmán escuchó un ruido que sonaba como petardos. Se asomaron por la ventana hacia un café popular y fueron asesinados por una lluvia de balas mientras su joven hijo observaba.

Los rumores se propagaban como la mala hierba con los resultados de cuerpos flotando en la piscina del hotel, y los explosivos usados para destruir edificios enteros.

Al igual que el 11 de septiembre, surgieron a la superficie historias de suerte y heroísmo. El administrador del Hotel y Palacio Taj Majal estuvo ayudando a esconder a los huéspedes en un armario de comida localizado en el sótano aun cuando su esposa y dos hijos murieron quemados en su suite ejecutiva varios pisos más arriba. Las niñera india que cuidaba el hijo de dos años de un Rabino lo sacó de contrabando de un centro judío, salvándolo de la tortura y la muerte que esperaba a sus padres. (Israel la nombró una “Gentil Justa” y le ofreció su ciudadanía).

En lo que respecta al hotel Taj, un Indio me contó, “no puede imaginar lo que significa el Hotel Palacio Taj Majal para la gente de la India. Es una gran fuente de orgullo nacional, un ícono, como la Estatua de la Libertad lo es para usted”. Sin duda ha visto fotos del magnifico edificio, construido en 1903 por un Indio rico al que le habían rehusado la entrada a un hotel “solo para blancos”.

Teníamos programado tener una reunión esa noche en un auditorio no muy lejos de la acción, pero fue cancelada, por supuesto. Me sentí mal por los organizadores que habían trabajado por meses planificando el programa, diseñando los banners, y ordenando libros. En lugar de eso, tuvimos una reunión improvisada en Thane, una ciudad a unas 20 millas de distancia. Con la noticia a unas pocas horas, más de 200 personas asistieron.

Inicié contándoles lo sucedido en la sala de emergencias el día que me rompí el cuello en un accidente automovilístico. El doctor me tocaba la espalda con una pinza aquí y allá, preguntando: “¿esto duele?”, cada vez que respondía: “¡si!” y el sonreía y respondía “¡bien!” un cuerpo solo está sano cuando siente dolor en todas sus partes. El montón de Emails que recibí durante ese día en Nueva Delhi demostraba que la gente alrededor del mundo estaba preocupada profundamente por lo que estaba transpirando en la India, compartiendo en su dolor.

Alguien que visita por primera vez la India usualmente se asombra por el caos aparente de millones de personas, muchas de las cuales viven una pobreza inimaginable en el Occidente. Sin embargo bajo la superficie, encuentras muchos signos de compasión, y regresa asombrado por la resistencia de la India, su amabilidad y su hospitalidad sin límites.

Durante nuestro viaje, visitamos un destacado hospital fundado por Stephen Alfred, un doctor Indio que renunció a su practica lucrativa en Inglaterra para regresar a servir a la gente pobre que no tiene acceso a cuidados médicos. El viejo hospital de 80 camas será usado para la rama del VIH/Sida, y ahora funciona como una pequeña clínica.

En nuestro último día, en Nueva Delhi, conocimos gente notable trabajando entre los 500 millones de miembros de “otras castas atrasadas”. Sunil Sardar, quien vivió en USA y se casó con una mujer americana, lanza esta iniciativa con una organización conocida como “los buscadores de la verdad”. Él provee un hogar y un centro para varios líderes de castas de todas los tipos de fe. Compartimos un almuerzo con el líder de la casta de los pastores, líder de 60 millones, así como con la cabeza de la unión de 2 millones de granjeros, un autor de renombre, y otros líderes en la lucha. Un estudioso nos dijo “ustedes los americanos están celebrando la elección de un hombre negro luego de 250 años de esclavitud. Nosotros todavía esperamos la liberación luego de 4000 años de vivir bajo las castas”.

Uno escucha sobre “la nueva India”, y de hecho, India ha cambiado mucho en las dos décadas desde la última vez que la visité. Pero en la India, nada desaparece, las capas simplemente se acumulan. Los cables Eléctricos cruzan las grandes ciudades, y los monos las usan ahora como carreteras. Automóviles exóticos llenan las autopistas, pero también tienen que compartirlas con animales como elefantes y camellos ocasionalmente. Cada conquistador ha dejado una marca: los Arios trajeron el sistema de castas hindúes, los Mogoles trajeron el Islamismo (India tiene la segunda población Musulmana en el mundo, después de Indonesia); y los sirios, portugueses y los británicos introdujeron el Cristianismo. También existen millones de budistas, Sikhs, y Janos (quienes cubren sus bocas con ropas para evitar mata inadvertidamente cualquier cosa viviente, incluso insectos)

Las estadísticas en la India asombran la mente. Existen 160 millones de Dalits, al final de la escalera de castas. Aunque hindúes nominalmente, ni siquiera se les permite la entrada en los templos hindúes, y en años recientes se han vuelto al Islamismo, Budismo y Cristianismo. Justo por encima de ellos están otras castas atrasadas, que componen más de la mitad de la población de la India: 500 millones de personas. Algunos de los activistas procedentes de estas castas miran el hinduismo como una estructura social opresiva, diseñada para mantenerlos “en su lugar”. Y, por supuesto, cualquier signo de agitación levanta un arrebato de los hindúes fundamentalistas que quieren mantener las cosas tal y como están. Esto explica parcialmente el reciente estallido de violencia en Orissa en el noreste de la India, donde en agosto solamente, 50.000 cristianos fueron perseguidos hasta sus casas y docenas de ellos asesinados.

Todo el mundo habla de “la nueva India”, y, por supuesto, cuando pides ayuda con tu computador o software, muchas veces terminas hablando con algún muchacho genio de Bangalore o Hyderabad. Al apartarse de las ciudades, sin embargo, surge de nuevo la vieja India. Mujeres caminado a lo largo de la carretera con montones de paja, cubos de agua, ollas y sartenes balanceándose precariamente sobre sus cabezas. Búfalos tirando del arado para surcar la tierra. Hombres corren sistemas de irrigación manteniéndose todo el día depositando agua de un canal a otro. Mujeres ancianas inclinadas barriendo las calles con escobas de paja sin asas hechas a mano. Más indios tienen teléfonos celulares, nos contaron, que los que tienen acceso a agua limpia. En el centro de la ciudad, me contó un indio, “no hay habitaciones ni para morirse”.

En Hyderabad, pasamos el día observando el trabajo hecho por nuestros anfitriones aquí, Libros OM. Además de publicar, ellos mantienen muchos programas de acción social, incluyendo 80 escuelas para Dalits, conocidos anteriormente como los intocables. Estos niños son la primera generación de Dalits que obtienen  educación en 4.000 años; más aún, la están obteniendo en inglés, asegurándoles un empleo decente. Ellos regresan a sus hogares orgullosos, elevando el espíritu de toda la comunidad.

También visitamos una fabrica de ropa que realiza trajes de alta costura para tiendas outlets en Colorado organizado por un amigo. Conocimos a 6 hermosas mujeres Dalits cortando patrones y cosiendo chaquetas de seda a mano, averiguando un poco la trágica vida que tuvieron. Nuestro guía nos complementó la información: una fue violada tres veces antes de llegar a los 14 años, otra fue botada de su casa cuando dio a luz una bebé.

Debo admitir, que parece surrealista manejar desde el aeropuerto hasta aquí y ver todos los autos procediendo de manera ordenada en sus respectivos carriles, sin vacas, cabras, o búfalos entre el tráfico. El aire es tan limpio. Y la atmosfera es tan tranquila: muchos camiones en la India tienen un aviso, “está bien, toca la bocina, por favor”, pintado en la parte trasera, la única norma de tráfico que todos los conductores en la India obedecen sin falta.

Ah, la India. Sufriente, mágica, desconcertante, misteriosa, caótica – cualquier adjetivo que se le pueda ocurrir aplica.

viernes, 5 de diciembre de 2008

La ineficiencia santa de Henri Nouwen


Difícilmente puedo imaginar un mejor simbolo de la encarnación.
Por Philip Yancey

Una vez cuando estaba cenando con un grupo de escritores, la conversación giró en torno a las cartas que obtenemos de nuestros lectores. Richard Foster y Eugene Peterson mencionaron a un joven intenso que estaba buscando dirección espiritual de parte de ellos. Ellos respondieron lo mejor que pudieron, respondiendo preguntas por correo y recomendando libros sobre espiritualidad. Foster se acababa de dar cuenta que el lector había contactado también a Henri Nouwen. “no creerás lo que hizo Nouwen”, me dijo. “él invitó a este extraño a vivir con él por un mes para así mentorearlo en persona”.
La mayoría de los escritores protegen celosamente su privacidad y su agenda de actividades. Nouwen, quién murió de un ataque al corazón el septiembre pasado, rompió tales barreras de profesionalismo. Su vida entera, de hecho, mostró una “ineficiencia santa”.
Graduado en Holanda como psicólogo y teólogo, Nouwen pasó sus años tempranos alcanzando logros. Enseñó en Notre Dame, Yale y Harvard, con un promedio de un libro por año, y viajó extensamente como conferenciante. Tenía un resumen curricular para morirse – ese era el problema, exactamente. La agenda que lo presionaba y la competencia implacable estaban sofocando su propia vida espiritual.
Nouwen fue a Suramérica por seis meses, explorando un nuevo papel para si mismo como misionario en el Tercer Mundo. Una agitada agenda de conferencias a su llegada a los Estados Unidos solo hizo las cosas peor. Finalmente, Nouwen cayó en los brazos de la comunidad L’Arche en Francia, un hogar para los que están seriamente discapacitados. Se sintió tan nutrido por ellos que estuvo de acuerdo volverse sacerdote en la residencia de un hogar similar en Toronto llamado Amanecer. Allí, Nouwen pasó sus últimos 10 años, aún escribiendo y viajando para dar charlas aquí y allá, pero siempre retornando al paraíso de Amanecer.
Una vez visité a Nouwen, compartiendo el almuerzo con él en su pequeña habitación. Tenía una cama individual, una biblioteca y unas pocas piezas de mueblería al estilo de Shaker. Las paredes estaban sin adornos excepto por una copia de una pintura de Van Gogh y unos pocos símbolos religiosos. Alguien del personal de Amanecer nos sirvió un plato de ensalada Cesar y una rebanada de pan. Sin fax, ni computadora, ni un calendario de actividades en la pared de su cuarto, al menos, Nouwen encontró serenidad. La “industria” de la iglesia se veía bien lejos.
Luego del almuerzo celebramos una eucaristía especial para Adam, el joven al que Nouwen buscaba. Con solemnidad, pero también con un brillo en su ojo, Nouwen dirigió la liturgia en honor al cumpleaños 26 de Adam. Incapaz de hablar, o vestirse a sí mismo, profundamente retardado, Adam no mostró signos de comprensión. Parecía reconocer, al menos, que su familia había llegado. Él gemía durante la ceremonia y gruñó fuertemente algunas veces.
Luego Nouwen me contó que le tomó cerca de dos horas preparar a Adam cada día. Bañarlo y afeitarlo, cepillando sus dientes, peinando su cabello, guiando sus manos mientras trataba de desayunar – estos actos simples y repetitivos se habían vuelto para él casi en una hora de meditación.
Debo admitir que tuve una duda fugaz acerca si este podría ser el mejor uso del tiempo de un sacerdote ocupado. ¿No podría otro hacerse cargo de las actividades manuales? Cuando le abordé  con cautela el tema al mismo Nouwen, me informó que lo había malinterpretado completamente. “no estoy renunciando a nada”, insistió. “soy yo, no Adam, quien recibe el beneficio principal de nuestra amistad”.
Todo el día estuve dándole vueltas a esta pregunta, trayendo al caso varias maneras en que él se podría beneficiar de esta relación con Adam. Ha sido difícil para él al principio, me dijo. El contacto físico, afecto y el desorden al cuidar a una persona que con falta de coordinación no le se le hizo muy fácil. Pero aprendió a amar a Adam, amarlo verdaderamente. En el proceso aprendió que debe ser igual para Dios amarnos a nosotros – personas espiritualmente no coordinadas, retardadas, capaces de responder con lo que debiera parecer para Dios gruñidos y gemidos desarticulados. De hecho, trabajando con Adam le había enseñado a él la humildad y la “sensación de vacío” lograda por ciertos monjes solo luego de mucha disciplina.
Nouwen ha dicho que toda su vida dos voces competían dentro de él. Una lo animaba a tener éxito y ser triunfador, mientras que la otra lo llamaba sencillamente a descansar en la comodidad de ser “el amado” de Dios. Solo en la última década de su vida escuchó verdaderamente a esa segunda voz.
Finalmente Nouwen concluyó que “el objetivo de la educación y la formación para el ministerio es reconocer la voz del Señor continuamente, su rostro, y su toque en cada persona que conocemos”. Leyendo esa descripción en su libro ¡gracias!, entiendo por qué no pensaba que era una pérdida de tiempo invitar a un extraño a vivir con él por un mes, o dedicar dos horas diarias al cuidado de Adam.
Voy a extrañar a Henri Nouwen. Para algunos, su legado consiste en sus muchos libros, para otros su rol como puente entre católicos y protestantes, para otros su carrera distinguida en la liga de universidades Ivy. Para mí, sin embargo, una sola imagen lo captura mejor: el sacerdote enérgico, con su cabello desordenado, usando sus manos incansables tanto para una homilía de la nada, celebrar una elocuente eucaristía de cumpleaños para un niño-hombre inerte tan dañado que muchos padres lo habrían abortado. Difícilmente puedo imaginar un mejor símbolo de la encarnación.


© Christianity Today, 9 de Diciembre, 1996. Usado con permiso. Los Temas de la Vida Cristiana, Vol. 40, No. 14, página 80. Todos los derechos reservados.

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domingo, 9 de noviembre de 2008

Cita del día - El grito de Dios en la cruz

Para algunos, la imagen de un cuerpo pálido brillando con luz trémula en una noche oscura les suena a derrota. ¿Cuán bueno puede ser un Dios que no controla el sufrimiento de su Hijo? Pero otra voz puede escucharse: el grito de un Dios gritando a los seres humanos, "YO LOS AMO".

El amor fue comprimido para toda la historia en aquella figura solitaria en la cruz, quien dijo que podía llamar ángeles en cualquier momento en su rescate, pero escogió no hacerlo - por causa de nosotros. En el Calvario, Dios aceptó sus propios términos inquebrantables de la justicia.

Cualquier discusión sobre como el dolor y el sufrimiento encajan en el esquema de Dios nos llevan en ultima instancia de vuelta a la cruz.

Fuente: King David's blog